Mostrando entradas con la etiqueta fascismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fascismo. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de febrero de 2018

¿QUÉ GUERRA? ¿QUÉ FRANCO? ¡QUÉ CRUZ!

Cuando Franco murió dejó dicho aquello de que "todo estaba atado y bien atado". Esa frase, que parecía ser una boutade, llevaba mucha carga de profundidad; efectivamente la cosa quedó atada y bien atada, por más que la llegada de la democracia diera un barniz delgado de olvido momentáneo.
La sombra de Franco sigue siendo alargada; la sombra de la guerra lo fue y lo sigue siendo, aunque nos pese... sólo hay que rascar un poco para ver lo que esconde aquel barniz aplicado con brocha gorda.
Ya sé que hay algunas generaciones que no saben quién fue Franco, ni lo que pasó en este país en el 36; sé que la historia no se enseña bien en las escuelas y que se hace broma muchas veces con el ideario fascista y su parafernalia; parafernalia que empieza otra vez a cobrar fuerza, resultado de una crisis económica, de una crisis ideológica, de una crisis educativa (cosa, por cierto,  que también sucede en toda Europa). 
El olvido tiende un manto suave sobre las guerras y los sufrimientos, y los desgarros pasan a ser simples anécdotas que se ven como si fueran películas bélicas o vídeo juegos: cosa antigua, un fósil como la guerra de Troya o la batalla de Lepanto.
Ahora, hace pocos días, en Callosa del Segura (Alicante), se ha vuelto a repetir la historia; una historia que parecía desaparecida hace tiempo: el odio de las dos Españas, la sombra del dictador otra vez rozando la memoria y las vidas de la gente. 
No hay muchos países que guarden monumentos de sus dictadores y que sean capaces de mantener su carga letal viva, como minas sin desactivar. La cruz de Callosa del Segura, símbolo de los "caídos por Dios y por España" (de una parte de España; de un Dios que bendice los fusiles del paredón de fusilamiento) enfrenta al pueblo otra vez, como si el tiempo no hubiera pasado, como si aquí no hubiera pasado nada, como si los camisas azules siguieran campando por calles y plazas con el yugo y las flechas dispuestas a ser lanzadas contra quienes no son como ellos. Hay quien dice que esa cruz es sólo eso: una cruz, un símbolo religioso. Falso. Bajo el mármol horrible de esa cruz se esconde un tiempo de represión; un tiempo que hizo de la religión un arma en un Régimen dictatorial y de Dios, un aliado, un colega que permitía desfilar bajo palio a un generalísimo de todos los ejércitos.
España en blanco y negro, aún. Pero aquí no se olvida, por mucho que lo digamos, no se olvida. La guerra dejó cicatrices muy profundas; cicatrices que aún sangran, que han cerrado muchas veces en falso y pueden gangrenarse. Ya huelen muchas a podrido.

miércoles, 4 de octubre de 2017

ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO (PERO EN CLASE VIP)

De un tiempo a esta parte se viene haciendo uso (y abuso) del calificativo "fascista" para injuriar a quien no piensa como nosotros.
¿Que eres más alto que yo?: fascista; ¿que eres más listo?: fascista; ¿que no haces lo que yo hago?: fascista, ¿que no saludas a mi bandera?: fascista... y así, dale molino,  ad nauseam. 
La cosa empezó hace bastante y estamos (yo al menos lo estoy) hartos de escuchar este término como único argumento para descalificar al otro, sin saber muchas veces lo que "fascista" significa de verdad, sin pararse a reflexionar lo que el fascismo supuso para la  humanidad y sigue suponiendo, pues su semilla es duradera y su sombra alargada cual ciprés de Delibes.
Ahora, con lo que está pasando por Cataluña, vemos  que, de repente, se ha llenado de fascistas (o ya lo estuvo y no los habíamos visto hasta ahora). 
La historia se repite más que la cebolla y no aprendemos nunca en cabeza ajena, aunque el camino esté lleno de cabezas decapitadas y de gritos de dolor. No. Aquí nadie escucha y nadie aprende, porque el aprendizaje supone un esfuerzo, una capacidad para sacar conclusiones, una mínima inteligencia deductiva para analizar y no dejarse llevar por el primero que grita ¡a por los fascistas! y ondea cualquier enseña como único reclamo y justificación, cuando, a lo peor, este gesto sea tan (o más) fascista que el fascista a quien se pretende anular. Estaríamos ante la presencia de, al  menos, dos clases de fascistas, cuando fascismo hay sólo uno: uno, grande y libre, en todo el mundo, porque el fascismo es ubicuo y monolítico.
Más allá de Auschwitz y Birkenau, más allá de las cruces gamadas o del Ku Klux Klan, hay formas más sutiles de fascismo, menos evidentes, pero igualmente dañinas, formas con las que convivimos como se convive con las bacterias, hasta que se vuelven agresivas, creciendo exponencialmente, haciendo de la infección una muerte segura, sin marcha atrás. Los fascistas contemporáneos, niegan serlo; es más: no saben que lo son, están más allá de las etiquetas, porque lo que les importa es el poder y prefieren tenerlo y estar ocultos, que hacer desfiles con antorchas (para eso están ya los adoctrinados de turno, los peones, la carne de cañón). Se limitan a lanzar el miedo como argumentario, el odio como justificación y la difusión de lemas simplistas como estrategia; todo desde el anonimato y el blanqueo, utilizando una democracia que odian y de la que, sin embargo, se sirven como los cuervos se sirven de un cadáver putrefacto. Fascismo como Alien: monstruo perfecto que a todo se adapta, de todo se alimenta y a todo sobrevive, oculto entre las sombras a la espera del autómata perfecto, del desfile de banderas regurgitadas para ser lanzadas a la cara del otro con el desprecio que el odio, y sólo él, es capaz de parir.

sábado, 19 de noviembre de 2016

ALIEN, LA ENTREGA DEFINITIVA

Hay muchas formas sutiles de fascismo. No hace falta saludar brazo el alto, a la romana, ni lucir bigote mosca ridículo a lo Hitler, ni calzar negras botas con el lustre del paso del ganso. No hace falta parafernalia militar, ni discursos por altavoces, ni desfiles ordenados, ni invasiones de Polonia, ni quema de bibliotecas. El fascismo actual es más sutil, se ha adecuado a los tiempos como el monstruo Alien se adaptaba a todos ambientes para sobrevivir: si éste era ácido, se volvía ácido; si era alcalino, hacía lo propio... y así sucesivamente... y seguía vivo siempre, indestructible en su maldad.
Hay ahora muchos Aliens, monstruos perfectos que mudan la piel según convenga y que no tienen necesariamente la apariencia que diseñó H. R. Giger, pero que están siempre a la zaga, esperando entre las sombras para devorar lo que se ponga a tiro... para sobrevivir por encima de los demás, a su costa, sorbiendo lo que pueda alimentarlos y así crecer, como parásitos indefinidos, como esos hongos que surgen en los troncos de los árboles.
Y con ellos, con los Aliens, pegado a ellos, el fascismo muta sus genes para seguir siendo lo mismo de siempre, eso sí: con otra apariencia más civilizada, más "políticamente correcta", más de Chanel.
Las actitudes del fascismo cambian, pero su esencia es la misma de siempre, supongo que el mal es algo implícito en el ser humano y aparece a la menor provocación , cuando rascamos mínimamente la piel.
No hace falta llegar al "Gran Fascio", hay miles de átomos fascistas que nos salpican a diario y que, juntos, van formando un monstruo que nos acabará devorando. La cosa no está solamente en la llegada de Trump y sus secuaces; la cosa no está solamente en las grandes formaciones capitalistas. Miremos la historia, repasemos las similitudes entre nuestro tiempo y los recientemente pasados. Nadie escarmienta en cabeza ajena; nadie aprende de errores ajenos ni (lo que es peor) de los propios. Somos estúpidos por naturaleza o tenemos la memoria reducida a una neurona famélica. Cerramos los ojos sistemáticamente por comodidad, por confianza tonta, porque "eso no me afecta", porque "eso no va conmigo". 
Hay quien dijo que el mayor logro del diablo fue hacernos creer que no existía, que era una  pura invención. Pues eso.

sábado, 28 de julio de 2012

CITIUS, ALTIUS, FORTIUS O COMO SER UN EXTRATERRESTRE EN ESTE PLANETA

¿Por qué será que nunca me gustaron las competiciones deportivas? No importa de qué deporte se trate: todos me parecen, como espectáculo,  igual de aburridos. Ya sé que estoy siendo políticamente muy incorrecto ¡qué se le va a hacer! No sé, todo esto del "más rápido, más alto, más fuerte" me da mucha grima y un  tufillo fascista que para qué... Como aquello de "mente sana en cuerpo sano", me da olor a sotana de cura dirigiendo gimnasia sueca en el patio de un internado. Por supuesto que todas estas apreciaciones son aberraciones mías, consecuencia sin duda de algún trauma infantil infringido por algún profesor de "formación física" de la época nacionalsindicalista ataviado con gafas de sol y camisa azul oscuro bordada con impecable bordado rojo de yugo y flechas. Pero los traumas nos definen, porque ellos son también parte de nosotros y nos moldean con severidad espartana.
Pero me pierdo en las curvas y en las transversales. Lo que decía: ahora, con el aluvión que nos espera de aros olímpicos, ceremonias más o menos horteras y multitudinarias, carreras de toda índole, himnos de toda condición, banderas de todos los colores, lágrimas y récords... con todo esto, repito, parece que nada importa salvo correr más, subír más alto, ser más fuerte. Yo, que siempre he sido enclenque y que me ha importado un rábano lo de participar (y mucho menos lo de batir cualquier marca) me siento cada vez más extraterrestre en este planeta olímpico de seres perfectos que se pasan el día perfeccionando sus cuerpos para llegar una centésima antes a la meta que el resto de los mortales. Para que luego digan que lo importante  es participar. ¡Un cuerno!