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lunes, 28 de abril de 2014

TURURÚ, PRINGAO!! O CANTAR UNA COPLILLA

La Historia pude ser aburrida o apasionante, depende del prisma con el que se mire (ya lo dijo el poeta). La Historia es, en cualquier caso, repetitiva, pendular y, hasta cierto punto, previsible: los periodos de paz se alternan con guerras; los conflictos sociales con relativos trechos de paz social... etc. La Historia juega al escondite para aparecer con cara renovada (aparentemente), cuando, en realidad, nos muestra una careta que sólo algunos saben interpretar; una careta que ya mostró antes, en otro tiempo, a otras gentes, como quien muestra una careta de carnaval y nos lanza una pedorreta diciendo: ¡tururú, pringao!
La Historia se repite y nosotros (todos) sin aprender nada. Tenemos memoria de pez o, simplemente, nos es más fácil hacernos el ignorante, cuando no el tonto. Será por la inercia que hace que el cuerpo siempre busque la posición más cómoda posible, la que menor esfuerzo nos supone. Así nos va.
Ahora, otra vez, vuelve el tiempo electoral. Y con él una puesta en escena conocida: promesas, descalificaciones a mogollón, críticas al otro, besos a los niños, sonrisas y aplausos (del candidato/a hacia el público; del público hacia el/la candidato/a). Y vuelta a empezar. Es la ceremonia de la democracia, sí, en parte. Pero no sólo: es la falta de imaginación, es la desvergüenza de algunos, es la mentira santificada en forma de promesa, es el "todo vale", pues el fin justifica los medios y París (o Bruselas) bien vale una misa. Y de fondo (y hablo como ciudadano con ansias de escuchar alguna cosa sensata), de fondo, repito, el aburrimiento de oír lo de siempre, lo que sabemos, aunque algunos pretendan vendernos como nuevo cosas de baratillo, usadas ya, ajadas.
Y mientras, las urnas esperan, vacías aún, en su quietud de papeletas. Y lo malo es que puede parecer que malo es votar, pero mucho peor es no hacerlo, pues siempre habrá quien se aproveche de nuestro vacío (la matemática electoral está hecha para que así sea). 
Ya lo dijo la coplilla: "ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio..."

martes, 18 de marzo de 2014

¡QUÉ RAZÓN TENÍAS, WILLIAM!

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, sin significado alguno.
(Shakespeare. Macbeth. Acto 5º, escena V)

Uno creía que se había pasado página en según qué cosas. Creía (inocentemente) que la Historia presente barrería cosas que la Historia pasada recogió, a su pesar, pues obligación es de la Historia levantar acta de lo que pasa, por muy brutal o perverso que sea (y casi siempre lo es).
Uno creía (inocentemente) que con la llegada de la Democracia, las cosas (según qué) cambiarían definitivamente; a mejor, claro. Uno creía que los tiempos, irremediablemente, irían a mejor, siempre a mejor: que los hijos vivirían siempre mejor que sus padres y estos (los padres) mejor que los abuelos y así sucesivamente, en una evolución que haría de la especie humana, la especie más inteligente y buena sobre la faz de la tierra.
Eso creía. Los fantasmas quedarían atrás: la represión cruda, la religión castrante, las ideologías absolutas, los racismos intolerantes, la prepotencia déspota, los oligarcas con derecho a veto, las corruptelas ligadas al poder y al dinero, el poder omnímodo-devorador, las cargas policiales, el olor a sables cuarteleros, los desfiles victoriosos...
¡Pero qué gilipollas! No sabía que la Historia se repite siempre, que todo es consecuencia de todo, círculo cerrado, engañifa tremenda, ilusión permanente... No sabía que los errores de los abuelos los pagan los nietos y que estos, a su vez, cometerán otros errores aún mayores, que harán de la estupidez humana la norma, lo normal, en una especie de carrusel cargado de estupidez, brutalidad y crueldad. Ruido y furia.
¿Que soy pesimista? Tengo ya la edad suficiente para serlo. 
En el pueblo en el que vivo (exiliado, pero vivo) apunta ya en lontananza una jura de bandera civil, con desfile, banda militar y toda la parafernalia patriota... y me estremezco ante el resonar de las botas (civiles o militares) que jurarán, ¡por Dios! que ellos, sí, ellos sí quieren a ¡España! una, grande y libre (por ese orden).

sábado, 22 de junio de 2013

LA HISTORIA, EL TIEMPO

La Historia, que todo lo juzga y coloca todo en el lugar justo que le corresponde, juzgará esta época y la nombrará con ominoso calificativo. Los libros (los que queden) enseñarán cómo se destruyeron sociedades, derechos, personas... ante la indiferencia y la inacción de muchísimos, el aplauso de unos pocos y la resignación de otros tantos. Se explicará cómo se llegó al adormecimiento de las conciencias; cómo, valores que se creían sólidos, se evaporaron dejando restos de amargura; cómo el despotismo se fue implantando, creando un mundo de esclavos y de amos; cómo la mentira implantó su reinado, barriendo con su aliento fétido lo que quedaba de honradez; cómo se adoró al becerro de oro, pisoteando vidas y esperanzas; cómo la corrupción lo tiñó todo de verdín; cómo la dignidad de tantos se cambió por los intereses bastardos de unos pocos... 
El tiempo, sí, derriba reyes, reinos, gobernantes, y reduce a polvo imperios que se creían eternos. Todo se construye con el afán inútil de la eternidad, pero nada sobrevive. Los sátrapas lo ignoran; los corruptos lo ignoran. La Historia no. Ella sí es eterna. Y escribirá la verdad de estos tiempos sobre el polvo muerto de las piedras, sobre las leyes injustas, sobre los cimientos que soportaron cárceles y palacios. Amén.

sábado, 4 de agosto de 2012

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

La Historia siempre se ha escrito con sangre, sudor y lágrimas. El género humano es malo por naturaleza y nunca da nada a cambio de nada. Somos humanos: somos interesados, egoístas, malvados, cicateros. Es verdad que hay minorías que pretenden salvar al resto; es verdad que hay gente íntegra, realmente buena. Quizá sea esa gente la que haya salvado hasta ahora al resto de la humanidad (por un justo se pretendía salvar a Sodoma...) Pero el horizonte siempre ha estado teñido de sangre, de sudor y de lágrimas. Con ellas se pudieron conseguir algunas cosas tan elementales como la protección sanitaria, los derechos básicos de los trabajadores, el derecho a la educación igualitaria, las condiciones DIGNAS en el trabajo, el derecho al descanso, la atención social de los menos favorecidos... Cosas básicas, lógicas en cualquier conciencia ligeramente humanoide. Con el tiempo, la montaña de sangre, sudor y lágrimas de millones de seres humanos ha ido creciendo hasta convertirse en una cordillera, en una muralla que está aquí, por todos sitios, rodeándonos, recordándonos que somos lo que somos gracias a ese sufrimiento, a ese sacrificio.
Sangre, sudor, lágrimas... ¿perdidas? Por supuesto que no. Son una barricada, una bandera (esta sí) que huele a dolor y a rabia y a rebeldía.
La Historia, repito, ha sido así, entre otras cosas porque tenemos muy mala memoria y, por tanto, olvidamos lo más elemental y repetimos esa Historia ad náuseam. Recordad, hijos de olvido, recordad y levantáos. Seamos conscientes de quién está detrás de la sangre, del sudor y de las lágrimas. No nos indignemos; ya no. Creo que va siendo hora de dar un puñetazo en la mesa y levantarnos, de una puta vez, de ese banquete pírrico, de ese espejismo en el que estamos instalados.