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sábado, 10 de agosto de 2013

AZUFRE EN LAS ESQUINAS

Es cosa corriente en los pueblos de La Mancha, encontrarse  en los quicios de las puertas de las casas o en las esquinas, un rastro de azufre. Con este método se trata espantar  a los perros que se mean sin consideración, eliminando el olor de la meada con otro olor más fuerte aún: el del azufre. 
Reconozco que el rastro amarillo por las paredes no deja de tener su estética y más de un artista plástico actual firmaría estas pintadas como auténticas intervenciones urbanas. Por otra parte, el hecho de arrojar azufre, tiene algo de diabólico, quiero decir: tiene algo de espantar al diablo o de conjurarlo, no sé muy bien. 
En cualquier caso, la gente azufra las paredes para espantar a los canes, aunque sea peor el remedio que la enfermedad. Así, los pueblos aparecen sin meadas, pero apestando a Pedro Botero. El caso es mantener limpias las fachadas, las puertas, las esquinas, usando si es preciso medidas que se me antojan medievales. Algo tiene de bárbaro esta fumigación que mata yerbas e insectos, que espanta perros; algo tiene de cruel.
Bueno, me pregunto qué pasaría se echáramos azufre para espantar lo que no nos gusta o lo que nos pueda resultar molesto... España, por los cuatro costados, por las cuatro esquinas, azufrada con vaharadas maléficas de un amarillo procaz que todo lo elimina... ¡qué espectáculo!

domingo, 4 de agosto de 2013

AYER VI UN PERRO

Ayer vi un perro abandonado. Nada del otro mundo... una cosa normal en este país donde se abandonan tantos animales, cuando no se les mata o se les tortura por simple diversión/perversión. Aquel perro era la viva imagen de la soledad, del desamparo, del dolor; caminaba malamente, cojeando, y la expresión de su cara decía no comprender nada: ¿Qué hacía él, flaco, desmadejado, pelo hirsuto, en medio de aquel jaleo, en medio de aquellos humanos que lo sorteaban con mirada sorprendida, cuando no temerosa? ¿Qué hacía aquel ser sorteando vehículos, luces crueles, carcajadas? Aquel perro no comprendía nada, extraño entre extraños, materia viva del dolor inútil, trazo gris, incómoda imagen que nos recordaba a todos el abandono del  marginal, el espanto extremo de la soledad más absoluta.
Una mano. Una simple mano que no golpeara: eso buscaba el perro, aquel perro. Una mano que no le hiriera, que le dijera algo bueno de lo humano, que dulcificara su  mirada perdida, su pobre geometría desvencijada. Una mano para aliviar el dolor que dibujaba el perro, aquel perro. Una mano para reconciliar la persona con el animal, quién sabe si con los seres vivos, con la vida.
¿Todo está unido, todo es parte de un TODO? Creo que sí. Y aquel perro me lo mostró una vez más, desde sus ojos grises, temerosos, huidizos. Entonces quise ser, no el hombre-lobo: el hombre-perro. El que ladra en silencio y hace de su dolor, dolor de todos. Porque no nos llamaremos humanos si no somos capaces de ver el dolor en un perro temeroso. Ni en una persona temerosa, ni en un árbol quemado. Por eso, desde aquí, ladro.

sábado, 2 de junio de 2012

LA MEJOR PERSONA

Cuando digo que Zoe es la mejor persona que conozco, me tachan de exagerado (en el mejor de los casos), de misántropo... de hiperbólico en fin. No me refiero al decir "persona" a un indivíduo de la especie humana; me refiero a un supuesto inteligente (ver el DRAE), a un ser con cualidades superiores, supuestamente "divinizadas". Me refiero a un ser sensible, fiel, sincero, justo, nada hipócrita. Me refiero a un ser que hace que la vida sea un fenómeno que se reconcilia con el universo, que hace de la vida un acto grato donde lo terrible no tiene cabida, donde la muerte es algo natural y no impuesto, donde la felonía jamás se dará, donde las miradas son agradecimientos y cariño, nunca reproches, jamás odios.
Que Zoe sea una perra es un detalle mínimo, un accidente que afecta a la forma, nunca al concepto. Zoe, mi perra-persona sonríe cuando escribo esto. También ella cree que exagero.