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sábado, 22 de agosto de 2015

UNA DECLARACIÓN DEMAGÓGICA

Haré ahora lo que algunos llamarían un ejercicio de demagogia, otros llamarían declaración populista y otros dicotomía maniquea... yo lo llamo, simplemente, cuestión de lógica, justicia y sentido común (el menos común de los sentidos).
Todo esto viene por el caso de Josefa Hernández, jubilada canaria de 63 años, que podría ser ejemplo palmario de residuo social en esta España de desigualdades manifiestas y aluviones de crisis social. No me extenderé mucho: la tal señora ha sido condenada a 6 meses de prisión por negarse a derribar su casa, construida en el parque natural de Betancuria. La casa (más chabola que casa digna), construída de manera endeble, es el único refugio de Josefa, quien padece múltiples achaques y que soporta el mantenimiento (con sus 320 euros de pensión) de parte de su familia, con un largo historial de discapacidades y marginaciones. Resumiendo: después de pagar 700 euros de multa, Josefa se veía obligada a derribar su vivienda, a lo que se negó y por lo que ha sido condenada a prisión, para escarmiento de los pobres y para que se vea que la Justicia es ciega, cuando no tonta.
Siempre se ha dicho que la Justicia debe ser proporcional, progresiva e imparcial, adjetivos éstos que no siempre se cumplen y ejemplos hay por miles. Éste es sólo uno más.
La Justicia debe ser igual para todos, principio fundamental, base de toda democracia que se precie. La Justicia se representa con los ojos tapados, pues se supone que no debe ver a quien juzga y que daría igual juzgar a un rey (!!) que a un plebeyo; a un banquero (!!) que a un pobre de solemnidad. Eso nos dicen. Pero todos sabemos que no es verdad y esa mentira sí se ha convertido en axioma que, sin embargo, se niega por aquello de lo "políticamente correcto", pues hay que guardar las formas y las vigas que soportan esta sociedad del bienestar, aunque estén afectadas de aluminosis. 
En nuestra España pululan por doquier ladrones de guante blanco,  medradores de altos trajes, infames personajes que crecen, como la mala yerba, con el abono de la mierda de la corrupción... y aquí no pasa nada o casi nada. Las páginas de los periódicos se llenan a diario de ejemplos de mafias, estafas y mangantes de todo color. No importa, tenemos mala memoria, ya estamos anestesiados, tenemos la resignación incrustada en el endoesqueleto. 
No pasa nada. Ya están los pringados de siempre que pagarán por todos, para ejemplo, para demostrar que la Justicia es ciega y, además, sorda. 
Lo dicho: una declaración demagógica ¿a que sí?

domingo, 30 de noviembre de 2014

NAVIDAD, SACARINA, Y UN TREMENDO CHULETÓN

Escena (real) en un restaurante:
Cuatro personas comen tranquilamente, mientras comentan temas más o menos intrascendentes (en este país se habla mucho y fuerte y no se puede evitar escuchar lo que dicen los demás). Uno de los comensales se afana en luchar contra un chuletón de considerables dimensiones, convenientemente flanqueado (el chuletón) por una legión de patatas fritas y pimientos asados; el chuletón excede las dimensiones del plato y apenas puede mantener sus límites dentro de las frontera circular del recipiente. El devorador prosigue su lucha a duras penas, esgrimiendo un cuchillo que -deduzco- no debe cortar muy bien a juzgar por los chirridos que el acero (más bien gemidos) arranca del barro cocido. Como la vianda es profusa, el vino llena una y otra vez la copa que vacía su contenido gaznate abajo con generosa profusión. Acabada la carne, le sigue un tarugo de pudin regado de caramelo y las sucesivas copas de espumoso.
Bueno. Acabada la comida, el señor, ya coloradote, sopinchado, parlanchín y vivaracho, pide al camarero que, para el postrer café, le lleve una píldora de sacarina, no vaya a ser que el azúcar le engorde en demasía... Sin comentarios.
Así sucede muchas veces en esta nuestra España: se hace el delito, se roba, se miente o se delinque de cualquier forma; después, se toma la sacarina para mitigar la conciencia: es decir, se pide perdón, por ejemplo. Y a seguir tan ricamente, como sigue quien acude al confesionario después de cometer un crimen.
El perdón nunca puede sustituir a la Justicia, como la caridad nunca puede sustituir a la dignidad de las personas.
En estos días, gentes de buena voluntad recogen alimentos para mantener a otras más desfavorecidas, cuando no desahuciadas. Bien, pero la solución no consiste en tomarse sacarina después de hincharse a comer: la solución ES, repito, la DIGNIDAD de todos, la Justicia social. Ya está bien de sucedáneos que tratan de limpiar conciencias con píldoras auto recetadas.
Me temo que en los días que se avecinan tendremos mucho de sacarina, mucho de cenas ruidosas, mucho de cánticos melifluos y de bondad de anuncio televisivo con copón de nieve falsa. 
Pero hay que volver a casa por Navidad. Quien la tenga, claro.