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sábado, 25 de julio de 2015

DON PABLO (ALBORÁN). LA MÚSICA. LA MUSIQUILLA

Ayer viernes tuvo lugar en este nuestro pueblo (Manzanares) un concierto de un cantante que atiende por Pablo Alborán. No voy a entrar en su valía como músico para no mezclar mis gustos personales con la objetividad de la que quiero presumir. 
Sabida es la penuria musical de este país, en el que la música es, en el mejor de los casos, algo que suena mientras se toma un gin tonic o se está a la espera en la sala de un dentista. España es un país profundamente ignorante en lo que respecta al tema musical (me refiero, claro, a la MÚSICA con mayúsculas). Aquí, la música no llega ni a ser una "maría" en las escuelas y todo lo que suene a Gran Música (o a historia del Arte, por ejemplo) es cosa sospechosa de inutilidad, elitismo o, simplemente, de auténtico peñazo inaguantable. Así las cosas, nuestras autoridades (todas), tan ignorantes como el resto, se afanan en dar pan y toros, consumo fácil que no haga demasiado que pensar y que se pueda devorar tan ricamente mientras se tararea esa cancioncilla de dos o tres notas que suena a todas horas en los 40 principales o similar.
Supongo que a estas alturas el pueblo sabrá las condiciones que el señor Alborán puso para cantar aquí; en resumidas cuentas: se lo llevó crudo. En resumidas cuentas, se ha pagado con dinero de todos un espectáculo que es para algunos. Allá ellos/ellas si les gusta; para eso están los gustos y las histerias.
Mientras, coincidiendo exactamente en tiempo y población, hubo un concierto GRATUITO dado por profesores de primer nivel nacional e internacional con música, eso sí, seria (que no quiere decir peñazo). Músicos de verdad, aunque sin el palmito de Pablo Alborán ni su caché de niño guapo.
¿Qué conclusión sacamos? Quien tenga oídos para oír (nunca mejor dicho) que oiga. ¡Ya está bien de pachangas! ¿Para qué hay dinero? ¿Quién aceptó el contrato leonino del coplero..?  
Entretanto, la música de verdad lucha por sobrevivir con uñas y dientes mientras mendiga unas migajas para, por ejemplo, que el próximo año puedan seguir en este nuestro pueblo unos cursos de perfeccionamiento instrumental que para sí quisieran muchos.
¡Pena de todo, joder!

martes, 16 de junio de 2015

CRUCES, BIBLIAS, BANDERAS, HIMNOS O A MORIR POR DIOS

El señor Gaitero, don Martín, concejal en el Ayuntamiento de Manzanares, actualmente en la oposición, ex-todopoderoso, ex-concejal de ¿cultura? y muchas más cosas, mandó un escrito antes del acto de constitución del nuevo Ayuntamiento, recordando o exigiendo que en el citado acto deberían (sí o sí) figurar la bandera, la biblia, el crucifijo y, como guinda, debería sonar el himno nacional (no sé si en versión de orquesta de cuerda o de banda de metales).
Ninguna sorpresa. ¿Alguien se puede extrañar de que estos señores sigan en su búnker de patrioterismo añoso y religión medieval? Por si no se han enterado: hace mucho que estamos en un estado laico, aconfesional. ¿Por qué nos quieren seguir imponiendo su religión a machamartillo? ¿Hasta cuándo seguiremos con el lastre de los símbolos nacional-religiosos, como estigmas que nos marcan a fuego (sagrado, eso sí) y  nos dan el cielo o nos amenazan (siempre nos amenazan) con el infierno? Sálvense ustedes, por favor. Cojan las órdenes menores o mayores; recen y dénse latigazos si les place; acudan a confesionarios oscuros a vomitar sus pecados; fumiguen con aroma de incienso sus casas y sus conciencias; eleven plegarias a cualquier santo patrón o patrona (que de eso tenemos de sobra); sean mártires, mueran por Dios si lo desean; crean lo que quieran. Pero déjennos a los descreídos serlo; déjennos a los equivocados estarlo; déjennos en paz ¡por Dios y los santos! Dejen las paredes libres de crucifijos, de llagas y de banderas, limpien el aire de sones militares; basta ya de creerse en la obligación de salvarnos, aunque para ello deban llevarnos a la hoguera. ¡Qué buen Torquemada hubiera sido, señor Gaitero! ¡Lástima que se equivocó de época! ¡Santiago y cierra España!
Recordemos ahora cómo nos llenaron el pueblo de desfiles militares, de juras de bandera, de himnos patrios, de uniformes y de ardor guerrero; recordemos cómo plantaron en una rotonda, nada más llegar al poder, una gran bandera que "daba gloria verla". Sí, ya sé que la bandera es el símbolo patrio; repito: patrio y de todos los españoles. Lo malo aquí es el uso que hacen algunos (que se creen los únicos y verdaderos españoles, patriotas de pelo en pecho) de ella, de esa bandera que pasa ya a ser símbolo de otra cosa. De una cosa de cuyo nombre no quiero acordarme.


domingo, 14 de junio de 2015

EN MI PUEBLO, COMO EN EL RESTO DE PUEBLOS...

En mi pueblo, como en el resto de pueblos españoles, se celebró ayer la investidura del nuevo alcalde y concejales, de acuerdo a los resultados de las últimas Elecciones Municipales. Una de las pocas ocasiones en que uno siente la Democracia, no como cosa abstracta, si no como cosa viva y real. Bien.
Asistí como tantos vecinos, al acto, en un Gran Teatro abarrotado, y fue, ¡vive Dios! un acto del que se pueden sacar muchas y sustanciosas consecuencias.
No voy a describir lo que pasó con detalle (llevaría demasiado tiempo y espacio) y, a estas alturas, ya sabrá el pueblo entero lo que allí sucedió. Comentaré el abucheo inmenso que se llevó la portavoz del PP, abucheo que rayó la agresión verbal, el exabrupto y el insulto, emitido por gran parte del público asistente. Hubo momentos en la cosa se puso fea para la concejala, que siguió, erre que erre, con un discurso que no pudo terminar. Lo de "discurso" es mucho decir, porque "discurso" implica reflexión y exposición razonada... nada de eso se escuchó allí, sino una serie de afirmaciones y autobombo que sacaron a gran parte de los ciudadanos de quicio. Es cierto que hay que saber guardar las formas y en Democracia hay que ser, ante todo, educado (ya lo dijo Antonio Muñoz Molina); también es cierto que no se puede atentar contra la inteligencia de la gente, ni tratar a ésta como masa informe dispuesta a tragarse todo lo que salga de la boca del político/a.
Señores/as del PP, no parece que se hayan enterado mucho de que ha pasado recientemente; en realidad, dudo de que se hayan enterado de algo, alguna vez. Así las cosas, me permito un humildísimo consejo: cuando alguien pierde, si es medianamente inteligente, lo que debe hacer es plantearse el porqué de esa pérdida, por qué ha llegado hasta aquí, cuales han sido las causas, para poder enmendar y rectificar los errores. Pero no: se siguen creyendo lo mejor de lo mejor, a mucha diferencia del resto de mortales. Verbigracia: se afirmó en el acto susodicho que el anterior alcalde (que asistió al acto camuflado entre el público) "ha sido el mejor alcalde de Manzanares". Si así es, ¿por qué ha durado tan poco?, me pregunto. Quizá el pueblo sea tonto y no sepa apreciar las bondades del ordeno y mando; las bondades de una manera de hacer política desde una atalaya displicente. Quizá los fastos medievales hayan sacado lo que de medieval tenían ustedes, lo que tenían (o creían tener) de señores feudales. 
No. La política no es un feudo: es un servicio. La política no es un latifundio: es un terreno para la comunidad, para el pueblo, para el ciudadano. La política no es un rodillo que dé licencia de corso: es una oportunidad para el diálogo, para la razón, para la sensatez, para el bien común. La política no está hecha para los amiguetes, ni para las prebendas, ni para el uso partidista: es una herramienta para mejorar el bienestar de todos, para crear una sociedad mejor, más justa, más culta, más libre, más inteligente.
No sé si comprenden ahora por qué diablos han perdido.

jueves, 9 de octubre de 2014

UNA DE CARNAVAL O VUELTA A LA EDAD MEDIA

El carnaval era la fiesta pagana por excelencia: anterior a la cuaresma, era un tiempo en el que el poder civil y el religioso (léase Iglesia) aflojaban su censura como desahogo previo a un periodo que se suponía de recogimiento, austeridad y sacrificio. Era un tiempo en el que se permitía al pueblo llano expresar cierta crítica y dar rienda suelta a la represión, que se substanciaba por la chanza, la mascarada, la escatología y la mala leche en general. Era un tiempo en el que el poder parecía desaparecer en una república báquica de desenfreno y alegría más o menos amarga.
José Gutiérrez Solana o Goya retrataron la España carnavalesca con tintes negros, esperpénticos, fatídicos; también retrataron el carnaval (por citar algunos) Pieter Brueghel, Otto Dix o Ensor.
En fin, era una fiesta, el carnaval, al margen de poder o, mejor, contra el poder; una fiesta permitida como válvula de escape en la que la alegría fugaz era excusa para la astracanada burlesca que ponía en tela de juicio a los mismos que la permitían (ahora se diría que la toleraban).
Pero las cosas han cambiado y lo que era una fiesta espontánea que campaba más o menos a su albedrío, ha pasado a ser una fiesta institucional y descafeinada, desprovista de carácter crítico y convenientemente encauzada. Así han surgido premios a disfraces, carrozas, desfiles... todo medido, premiado, con un barniz de "buen rollito", pero sin salirse de las bases (que si no, no se premia ¿eh?).
Vivo en un pueblo donde (y de ahí este rollo) se ha hecho, con pretexto de unas "Jornadas medievales", un espectáculo que no deja de ser un carnaval dirigido, desprovisto, eso sí, de la esencia que se le supone a todo carnaval. Veo con estupefacción cómo la gente se disfraza de medieval (con referencias cercanas a Walt Disney) en un acto que se supone serio; veo cómo se nombran ¡¡alcaldes medievales!! y se hacen desfiles con caballeros de pega que portan espadas que quisieran no serlo (de pega, digo). Algunas calles visten pendones y símbolos más o menos militares (todo, en el fondo muy militar: vela de armas, jura, desfiles, picas y escudos). En los paseos se despliega un mercadillo que de medieval sólo tiene el nombre, colaborando a formar un decorado de película mala de Samuel Bronston (qué más quisiéramos).
Mientras (Oh, pueblo, tomad y comed) la cerveza, los chorizos y los montados corren y los paseos se llenan como en cualquier feria... medieval, eso sí. Muy medieval. ¿Quién dijo que lo del viaje en el tiempo era una fantasía imposible? 


jueves, 11 de septiembre de 2014

UNA EXPOSICIÓN, UN ARTISTA,UNOS ARTISTAS. LA MANCHA.

En estos días se celebra en mi pueblo (Manzanares) una exposición de/sobre Antonio Iniesta, pintor que tuvo relevancia en su momento (años 50 a principios de los 90), sobre todo en el ámbito local, iniciando una especie de ola que impulsó el afán pictórico en este pueblo. En un tiempo en el que ser pintor era cosa de raros (no sé si seguirá siéndolo), pintar en un pueblo manchego era cosa aún más rara: cosa de gente singular, a la que no siempre se miraba de frente y, si se hacía, se hacía con una sonrisa entre benevolente, displicente y tolerante.
Iniesta influyó y dio clases a una generación de pintores (Giraldo, Clemente Maeso, López de los Mozos...) que luego serían caldo de cultivo cultural en este secarral manchego. Así las cosas se puede considerar a Antonio Iniesta (estéticas aparte) como un precursor, sin duda.
Me pregunto si ahora, en esta era de cookies y otras yerbas informáticas, el papel del pintor (y por ende del artista en general) sigue siendo el que era. Y creo que sí, porque no son tantas las cosas que han cambiado, a pesar de la barbaridad del avance de las ciencias. El artista sigue siendo (y debe ser) un rarillo que propone cosas singulares, inútiles, y que cuestiona su entorno porque sabe mirar de otra forma. El artista (el auténtico, claro) es un ser visionario que habla con espíritus que él mismo inventa, que él mismo alienta y que él hace necesarios. No debe ser el artista florero u objeto de adorno sobre la mesa de conveniencia política. Si así fuere, mala cosa sería: repelente, innecesaria y arribista. 
Muchos han sido y son los artistas que en Manzanares habitan (no sé si viven). Transcendencias aparte, cada uno hace la guerra como buenamente puede, en un ambiente (y me refiero aquí a la Mancha en general) que ha sido tradicionalmente duro, aunque (quizá por eso) ha dado figuras enormes que han surgido a contracorriente, iluminadas con la luz única del  genio. 
La Mancha: flores de cardencha, persianas en las puertas y sol de justicia; la gente dura, configurada a imagen y semejanza de un paisaje noble, austero, con una carga espiritual que no desdeña los cilicios, pero tampoco el agua que corre subterránea. Cosa de zahoríes es la Mancha, cosa de iluminados. Algo tienen (tenemos) los manchegos de esto. Lo del Quijote es literatura tópica de un manco que, de tan cuerdo, parecía loco.
Y así seguimos, como el agua subterránea o como un paisaje de cardenchas, enhiestamente orgullosas de sus pinchos solitarios. Gracias a Dios.