Mostrando entradas con la etiqueta Hitler. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hitler. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de septiembre de 2017

DE LA BUTIFARRA AL MIGUELITO O ¡VIVA LA COCINA NACIONALISTA!

Siempre me han puesto los pelos de punta las grandes multitudes arracimadas en torno a cualquier bandera; no lo puedo remediar. Desde muy joven he huido de los estadios, de las procesiones, de los conciertos ruidosos, de los toros y en general de todo tipo de aglomeración que supusiese masa poblada con gritos de enardecimiento, acogotamiento, soflama o arenga.
Hay muchos tipos de nacionalismo; todos incluyen, de una manera u otra, las masas, los lemas, los gritos, las banderas, las arengas y la exclusión; todos me dan repelús.
Hay nacionalismos más o menos agresivos, más o menos estúpidos, más o menos radicales: hay quien necesita un gol del equipo contrario para mostrar su cólera; hay quien necesita un asalto a la carroza de la  virgen de turno para mostrar su fe; hay quien necesita una bandera, un estandarte, una reliquia, una fiesta patronal, una pícnic de barrio, para mostrar su pertenencia a una tribu de élite... ¡qué sé yo! Para todos será ese equipo, esa bandera, ese estandarte, esa fiesta, ese pícnic, ese logotipo o esa imagen venerada, lo único, lo mejor del mundo: su pequeño mundo. Pero, claro, el mejor de los mejores. Así, el jardín de mi urbanización estará por encima del Gran Cañón o de los jardines colgantes de Babilonia y el museo del ajo de mi pueblo le dará sopas con hondas al mismísimo Moma. No habrá país, ni nación, ni patria, ni barrio, ni patrón milagroso, que nos superen en nada, en ningún otro lugar de la geografía mundial. Y todo será reducido a cánticos, a himnos, a fronteras, a pendones ondeantes. 
Los nacionalismos reducen el discurso político a las fronteras y a la superioridad frente al otro, al enconamiento visceral, a la endogamia. Y a la butifarra o al miguelito como únicos referentes culinarios. 
Cuando Hitler dijo que "el pueblo tiene que ser liberado de la confusión desesperada del internacionalismo para ser educado deliberada y sistemáticamente en el nacionalismo más fanático", sabía lo que decía. Y todos sabemos qué hizo después.

sábado, 19 de noviembre de 2016

ALIEN, LA ENTREGA DEFINITIVA

Hay muchas formas sutiles de fascismo. No hace falta saludar brazo el alto, a la romana, ni lucir bigote mosca ridículo a lo Hitler, ni calzar negras botas con el lustre del paso del ganso. No hace falta parafernalia militar, ni discursos por altavoces, ni desfiles ordenados, ni invasiones de Polonia, ni quema de bibliotecas. El fascismo actual es más sutil, se ha adecuado a los tiempos como el monstruo Alien se adaptaba a todos ambientes para sobrevivir: si éste era ácido, se volvía ácido; si era alcalino, hacía lo propio... y así sucesivamente... y seguía vivo siempre, indestructible en su maldad.
Hay ahora muchos Aliens, monstruos perfectos que mudan la piel según convenga y que no tienen necesariamente la apariencia que diseñó H. R. Giger, pero que están siempre a la zaga, esperando entre las sombras para devorar lo que se ponga a tiro... para sobrevivir por encima de los demás, a su costa, sorbiendo lo que pueda alimentarlos y así crecer, como parásitos indefinidos, como esos hongos que surgen en los troncos de los árboles.
Y con ellos, con los Aliens, pegado a ellos, el fascismo muta sus genes para seguir siendo lo mismo de siempre, eso sí: con otra apariencia más civilizada, más "políticamente correcta", más de Chanel.
Las actitudes del fascismo cambian, pero su esencia es la misma de siempre, supongo que el mal es algo implícito en el ser humano y aparece a la menor provocación , cuando rascamos mínimamente la piel.
No hace falta llegar al "Gran Fascio", hay miles de átomos fascistas que nos salpican a diario y que, juntos, van formando un monstruo que nos acabará devorando. La cosa no está solamente en la llegada de Trump y sus secuaces; la cosa no está solamente en las grandes formaciones capitalistas. Miremos la historia, repasemos las similitudes entre nuestro tiempo y los recientemente pasados. Nadie escarmienta en cabeza ajena; nadie aprende de errores ajenos ni (lo que es peor) de los propios. Somos estúpidos por naturaleza o tenemos la memoria reducida a una neurona famélica. Cerramos los ojos sistemáticamente por comodidad, por confianza tonta, porque "eso no me afecta", porque "eso no va conmigo". 
Hay quien dijo que el mayor logro del diablo fue hacernos creer que no existía, que era una  pura invención. Pues eso.