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viernes, 8 de junio de 2012

SUENA UN HIMNO (ESTUPEFACCIÓN Nº 2)

ESTUPEFACCIÓN Nº 2:

Suena el himno nacional. Unos se ponen en pie, otros silban. Unos se llevan la mano al corazón, otros levantan el puño (izquierdo). Yo miro, estupefacto. La música es música... es ¿solo música? Evidentemente no. Las marchas militares se usan para insuflar el "ardor guerrero" al pringao que va a disparar a otro pringao o para medir el paso exacto en el desfile de botas abrillantadas. Los himnos, como las banderas, son símbolos que se usan y nos usan para identificar a un grupo contra otro. Necesitamos la manada, la tribu. Pero la necesitamos tanto como necesitamos al enemigo, porque es él quien nos da la fuerza que nos singulariza, quien nos da la sensación (falsa) de ser mejores que el otro, porque Dios (of course) está con nosotros.
Que suene el himno. Y el que no se levante estará contra  mí ¡faltaría más! 

sábado, 24 de marzo de 2012

NI UN PUTO ÁPICE

Uno, cuando creía estar curado de espantos y creía no sorprenderse por casi nada , sigue viendo cosas que le siguen espantando. ¡Y de qué manera! Lo que tenemos encima, lo que ya estamos digiriendo, lo que ya  casi está duglutido, asimilado, es la tremenda rueda de molino bíblica con la que comulgamos diariamente, dejándonos cara, no ya de pasmo, sino de Don Tancredo. Ya saben: ese personaje pintado de blanco que se hacía pasar por estatua mientras recibía el toro a bocajarro. El truco estaba en permanecer absolutamente inmóvil, sin pestañear. Se creía que el mihura, al ver aquella cosa, y creerla de piedra, no se mosqueaba y, por lo tanto, no atacaba. El mérito estaba, repito, en quedarse tan quieto como la piedra a la que se trataba de emular. El toro, mientras, corría libre, haciendo lo que le viniese en gana, mientras la sombra del Don Tancredo se alargaba en un ejercicio inútil de espectáculo jaleado. El público contenía la respiración y, en el fondo, deseaba que el toro se percatase del engaño para que atacase al pobre infeliz con cara de agilipollado que, forzado por la necesidad, permanecía impasible.
Don Trancredos del mundo, Don Trancredos de España: seguid así, impávidos, blancos, agilipollados. Un toro muy negro resopla y sus babas inundan el ruedo ibérico. Seguid así. No os mováis ni un puto ápice, porque sois el supremo espectáculo de la inmovilidad.