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martes, 20 de febrero de 2018

ESTÁ AQUÍ (ESO)

Imaginemos un sistema económico basado en el crecimiento sin fin; imaginemos una célula cancerígena que creciera y creciera de manera exponencial, devorando todo a su paso, alimentándose de todo como un hongo parásito que transformara lo que devora en dinero y que necesitase de ese dinero para seguir vivo; que lo necesitase para respirar, para crecer, para imponerse sobre los demás y crear su sistema de vida alimentándose de toda clase de restos, con el único fin de seguir y seguir creciendo, con el único fin de perpetuarse sobre los demás, parasitando toda presencia que le sirviese para crear una especie endogámica, resistente a todo veneno, resistente a todo.
Alien se llamaba ese monstruo casi imposible de matar, ese monstruo que solo (curiosamente) vivía para matar, que hacía de su vida muerte para todo lo demás, de su sangre ácido, de sus mandíbulas constante amenaza, infinito miedo deshumanizador, presencia del horror y de la muerte.
Ese Alien está con nosotros desde hace mucho y sigue creciendo, cada vez más, con más ímpetu, con más voracidad, con más saña. No se le puede saciar con nada, siempre querrá más, siempre estará insatisfecho; codicia se llama su sangre; avaricia su lema; poder su mirada. Como un nuevo rey Midas, transforma en basura cuanto toca, aunque le dé apariencia de oro y convierte en desolación lo que mira, como Medusa transformara en piedra cuanto miraba.
¿Es Alien este monstruo? Su nombre son muchos nombres, atiende por todos y por ninguno, se escamotea, se camufla como un camaleón gigantesco; pero está ahí, siempre. Ubicuo, fétido, con las mandíbulas abiertas de par en par y las tripas prestas a la digestión lenta, como una boa constrictor.
Tiene  muchos nombres, sí. Guárdate de su mirada y prepárate para el Armagedon, pues estás el primero en su lista, aunque te creas a salvo ¡pobre!

miércoles, 4 de octubre de 2017

ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO (PERO EN CLASE VIP)

De un tiempo a esta parte se viene haciendo uso (y abuso) del calificativo "fascista" para injuriar a quien no piensa como nosotros.
¿Que eres más alto que yo?: fascista; ¿que eres más listo?: fascista; ¿que no haces lo que yo hago?: fascista, ¿que no saludas a mi bandera?: fascista... y así, dale molino,  ad nauseam. 
La cosa empezó hace bastante y estamos (yo al menos lo estoy) hartos de escuchar este término como único argumento para descalificar al otro, sin saber muchas veces lo que "fascista" significa de verdad, sin pararse a reflexionar lo que el fascismo supuso para la  humanidad y sigue suponiendo, pues su semilla es duradera y su sombra alargada cual ciprés de Delibes.
Ahora, con lo que está pasando por Cataluña, vemos  que, de repente, se ha llenado de fascistas (o ya lo estuvo y no los habíamos visto hasta ahora). 
La historia se repite más que la cebolla y no aprendemos nunca en cabeza ajena, aunque el camino esté lleno de cabezas decapitadas y de gritos de dolor. No. Aquí nadie escucha y nadie aprende, porque el aprendizaje supone un esfuerzo, una capacidad para sacar conclusiones, una mínima inteligencia deductiva para analizar y no dejarse llevar por el primero que grita ¡a por los fascistas! y ondea cualquier enseña como único reclamo y justificación, cuando, a lo peor, este gesto sea tan (o más) fascista que el fascista a quien se pretende anular. Estaríamos ante la presencia de, al  menos, dos clases de fascistas, cuando fascismo hay sólo uno: uno, grande y libre, en todo el mundo, porque el fascismo es ubicuo y monolítico.
Más allá de Auschwitz y Birkenau, más allá de las cruces gamadas o del Ku Klux Klan, hay formas más sutiles de fascismo, menos evidentes, pero igualmente dañinas, formas con las que convivimos como se convive con las bacterias, hasta que se vuelven agresivas, creciendo exponencialmente, haciendo de la infección una muerte segura, sin marcha atrás. Los fascistas contemporáneos, niegan serlo; es más: no saben que lo son, están más allá de las etiquetas, porque lo que les importa es el poder y prefieren tenerlo y estar ocultos, que hacer desfiles con antorchas (para eso están ya los adoctrinados de turno, los peones, la carne de cañón). Se limitan a lanzar el miedo como argumentario, el odio como justificación y la difusión de lemas simplistas como estrategia; todo desde el anonimato y el blanqueo, utilizando una democracia que odian y de la que, sin embargo, se sirven como los cuervos se sirven de un cadáver putrefacto. Fascismo como Alien: monstruo perfecto que a todo se adapta, de todo se alimenta y a todo sobrevive, oculto entre las sombras a la espera del autómata perfecto, del desfile de banderas regurgitadas para ser lanzadas a la cara del otro con el desprecio que el odio, y sólo él, es capaz de parir.

sábado, 19 de noviembre de 2016

ALIEN, LA ENTREGA DEFINITIVA

Hay muchas formas sutiles de fascismo. No hace falta saludar brazo el alto, a la romana, ni lucir bigote mosca ridículo a lo Hitler, ni calzar negras botas con el lustre del paso del ganso. No hace falta parafernalia militar, ni discursos por altavoces, ni desfiles ordenados, ni invasiones de Polonia, ni quema de bibliotecas. El fascismo actual es más sutil, se ha adecuado a los tiempos como el monstruo Alien se adaptaba a todos ambientes para sobrevivir: si éste era ácido, se volvía ácido; si era alcalino, hacía lo propio... y así sucesivamente... y seguía vivo siempre, indestructible en su maldad.
Hay ahora muchos Aliens, monstruos perfectos que mudan la piel según convenga y que no tienen necesariamente la apariencia que diseñó H. R. Giger, pero que están siempre a la zaga, esperando entre las sombras para devorar lo que se ponga a tiro... para sobrevivir por encima de los demás, a su costa, sorbiendo lo que pueda alimentarlos y así crecer, como parásitos indefinidos, como esos hongos que surgen en los troncos de los árboles.
Y con ellos, con los Aliens, pegado a ellos, el fascismo muta sus genes para seguir siendo lo mismo de siempre, eso sí: con otra apariencia más civilizada, más "políticamente correcta", más de Chanel.
Las actitudes del fascismo cambian, pero su esencia es la misma de siempre, supongo que el mal es algo implícito en el ser humano y aparece a la menor provocación , cuando rascamos mínimamente la piel.
No hace falta llegar al "Gran Fascio", hay miles de átomos fascistas que nos salpican a diario y que, juntos, van formando un monstruo que nos acabará devorando. La cosa no está solamente en la llegada de Trump y sus secuaces; la cosa no está solamente en las grandes formaciones capitalistas. Miremos la historia, repasemos las similitudes entre nuestro tiempo y los recientemente pasados. Nadie escarmienta en cabeza ajena; nadie aprende de errores ajenos ni (lo que es peor) de los propios. Somos estúpidos por naturaleza o tenemos la memoria reducida a una neurona famélica. Cerramos los ojos sistemáticamente por comodidad, por confianza tonta, porque "eso no me afecta", porque "eso no va conmigo". 
Hay quien dijo que el mayor logro del diablo fue hacernos creer que no existía, que era una  pura invención. Pues eso.