martes, 27 de marzo de 2012

ESPEJO, ESPEJITO

Uno se asoma al espejo y descubre que ya no es exactamente igual que el día anterior. "La vida me va cambiando", piensas. Efectivamente, la vida nos cambia, como cambia a la piedra callada o a las fachadas de las casas. La mano de la vida ¡tan lenta! nos va marcando con ese barro inasible que se llama tiempo. No soy el mismo de ayer, como no seré el mismo de mañana. ¿Y quién nos espera detrás? ¿Qué cosa, qué mapa de carreteras por explorar, qué desiertos? Me miro al espejo y le pregunto quién es ése que se asoma, quién el que se refleja. Qué es más real (si es que la realidad existe), quién más humano, qué luz más cierta, qué momento más sagrado. Espejo, espejito, dime quién soy yo, quién es más real, qué tiempo me está deshaciendo ahora, cual me desgastará, como al canto rodado en el fondo del río. Dime si quedaré allí, en el fondo de tu azogue, o si seré tan solo imagen que se refugia y desaparece después, para siempre, como desaparece la imagen lenta del daguerrotipo, fundida en la sombra triste de la plata. Dime espejito; o mejor: dame algo de tu luz lejana, algo de tu mundo secreto. Ya sé que he de morir, sencillamente. Pero antes llamaré a tu puerta para ver mi rostro, para llamarme, para saberme luz que cambia, cosa que vive, sí, a pesar de que me engañes con mi imagen.

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